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GALERÍA DE CUADROS

Saborear la riqueza plástica de ver un rostro surgir en el lienzo, o la madera sin preparar, sentir la delicada mezcla entre el parecido y la composición del propio formato, resulta la síntesis final de plantearse el retratar a alguien. Si además, esa composición conlleva el mensaje de una familia, de un grupo de padres e hijos, cada uno con sus vidas, sus aspiraciones y sueños; el trabajo se convierte en el testimonio único de un pedazo de vida, de una instantánea atemporal.

Concebir el Retrato como un mero parecido es tan absurdo como limitado. La verdadera dimensión de pintar un retrato reside en el filtro del artista, pues es el pintor el que con sus ojos y su particular manera de ver el mundo que le rodea es capaz de dar ese toque en la composición, en la luz o en las deformaciones plásticas —en técnica o morfología— necesarias para que el todo se convierta en un cuadro. Lejos de ser estático, el resultado tiene que ser motivo de análisis detallado; no basta con un vistazo para ver si reconocemos al retratado, tenemos que entrar en el mundo del pintor, conocer sus instintos creativos, sus sueños representativos... Aquellas ilusiones en el arte de plasmar a alguien con color y pincel.

El retrato nace cuando el cuadro tiene sentido.
 

 
 
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